Hijo de Cuba para el mundo: el son cubano

Ni siquiera importa si de verdad nació en Oriente, ni cómo llegó a La Habana, lo cierto es que se expandió rápidamente por todo el archipiélago y devino en hijo de Cuba para el mundo: el son, ese que aún en el siglo XXI demuestra a cada instante su pegada.

Puede haber nacido en el monte y trasladarse luego a los Carnavales de Santiago de Cuba. Puede que sus definitivas raíces las echara en La Habana, cuando varios trovadores se instalaron en la capital, a inicios del siglo XX, a la espera de obtener un contrato de grabación con las compañías estadounidenses RCA Victor y Columbia Records.

María Teresa Vera, Rafael Zequeira, Chico Ibáñez, Sindo Garay, Manuel Corona y Alberto Villalón, entre otros, incluían rumbas, guarachas y rumbitas rurales en sus repertorios de canciones y boleros.

Tendría que darse a conocer, superar prejuicios, imponerse a otros ritmos e incluso competir con la música foránea, pero este hijo de Cuba para el mundo: el son, estaba predestinado a triunfar, por su raigambre cubana, por ser portador de nuestra idiosincrasia, por sabroso de bailar.

Todavía niño, Miguel Matamoros ya tocaba danzones y sones en su armónica, para entretener a los trabajadores en una fábrica local de cigarros. “No eran más que dos o tres palabras que se repetían durante toda la noche”.

Y, cada vez, se sumaban más adeptos al mágico ritmo: Los Apaches, el Cuarteto Oriental (autor de Pare, motorista, primer son documentado en el catálogo de Columbia Records), el Sexteto Habanero, la Sonora Matancera, el Sexteto Occidente (dirigido por María Teresa Vera) y el Septeto Nacional (cuyo director fue Ignacio Piñeiro, tan famoso por Échale salsita).

Sobresalió el Trío Matamoros, capaz de atraer a Lorenzo Hierrezuelo, Francisco Repilado (Compay Segundo) y a Benny Moré. En los 40, entre el Conjunto de Arsenio Rodríguez y el Benny (Castellano, qué bueno baila usted) insuflaron nuevos aires a este género.

Pero son muchos los nombres que prosiguieron su estela, desde Miguelito Cuní, Roberto Faz, Ibrahim Ferrer y Faustino Oramas (El Guayabero) hasta las orquestas Aragón, Ritmo Oriental y Original de Manzanillo.

Si a principios del siglo XX, estuvo marginado a las clases pobres, a los trabajadoras y los negros, considerado música inferior y baile indecente, hoy se le reconoce como hijo de Cuba para el mundo: el son, uno de los géneros de música bailable de mayor influencia en el planeta, y fundamento principal de la salsa.

Al inicio, causó un escándalo enorme. Lo prohibieron por ser una amenaza al orden público y las buenas costumbres. Ya antes había sido rechazado el danzón. Sin embargo, este era más atrevido: la pareja baila en una posición mucho más cercana, los cuerpos se pegan, las piernas se entrelazan y las mujeres se mueven sensualmente. Los hombros, la pelvis y las caderas marcan el ritmo.

Cuando irrumpió la radio en el panorama cubano, lo convirtió en un fenómeno masivo, en la música bailable más popular de la época.

Esta fusión de tradiciones musicales africanas con tradiciones musicales españolas, devino en un género completamente autóctono de Cuba, que mezcla los sonidos de los instrumentos de cuerda con los de percusión: la guitarra y el tres con los bongós, maracas y las claves, e introduce el tambor.

El son heredó el sonido del ritmo changüí y de la rumba cubana, y dio origen al son montuno, el mambo y la salsa; no obstante, en la tierra del Benny y de Juan Formell aún mantiene prestigiosos cultivadores.